Una escuela de Zen

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A quien interesare:

Estoy creando una escuela de meditación en la linea del Zen y he pensado que lo correcto era comunicarlo a los amigos que frecuentan esta página.

Esta escuela de meditación, que aún no tiene nombre, es de orientación laica, pero lo que en ella se ofrece tal vez pueda auxiliar a cuantos quieran estrechar más y mejor su íntimo convivio con Dios.

Muy a menudo este convivio se ve comprometido porque la persona no sabe la manera correcta de estar en silencio o de estar en quietud, de manera que las agitaciones de la mente interrumpen aquel buen propósito.

Por ende, también hay un hecho insoslayable y es que una gran cantidad de personas de buena naturaleza interior, se ven aquejados de los sufrimientos propios de la angustia, la ansiedad y el pánico, y dado que no se puede dejar a estas personas a merced exclusiva de psiquiatras, psicólogos y psicofármacos, justo es que aprendan el único remedio para curar -que no paliar-, este sufrimiento suyo.

A tal efecto propongo una enseñanza, unas conferencias, una práctica contemplativa en compañía y lo que se llama Dokusan, que significa instrucción privada.

Por lo pronto esta escuela y comunidad fraternal tendrá su lugar natural en Catalunya. Más adelante, ya veremos.

Cualquiera que esté interesado en la noticia, que me escriba a valgris@gmail.com y me lo haga saber.

Yo soy Santiago Jubany. Os saludo a todos.

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Bella virtù

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Según me hago viejo, más estimo la Bella Virtud donde la veo y si puedo, tomo un boceto fotográfico para memoria. En este caso, la Bella Virtud, que es generosa, no me ha prohibido que la exponga aquí, para común agrado y por tanto, con su permiso aquí la expongo, agregando un fragmento de Angelo Poliziano que, a mi modesto juicio, no está de más. Hoy estoy contento.

Directorio de las malas virtudes: la conciencia tranquila (II)

Donde tener la conciencia tranquila significa, las más de veces, tener la conciencia vacante o extinta o engañada, pues de otro modo no se explica que, ante los despropósitos de los que es testigo nuestra era, tanto en lo general como en lo particular, nadie, ninguno, confiese culpa alguna, ni acepte la parte que de ella pueda corresponderle. Nunca había visto yo tantas conciencias tranquilas en mis años.

Pues, ¿no es extraño que yendo las cosas tan mal como se ve, todos prediquen su tranquilidad de conciencia? ¿Cómo es esto posible? A ojos propios todos quedan excusados del universal desaire porque en sus actos todos actuaron de acuerdo a su conciencia, y si hubiera culpa, en todo caso será ajena. De esta forma, queda el actuar en conciencia como la norma moral imperante, pues no estando definida la conciencia sino muy vagamente, siendo palabra de prestigio, se acude a ella sin reparo alguno. Por tanto, para evitar las molestias del escrutinio moral, invoquen ustedes constantemente a su conciencia.

O esto suyo es una insensatez y un desacuerdo con la recta razón o bien estaré yo hablando así por padecer algún género de enfermedad espiritual, pues en lo mío, por más que me examino, más me duelen la pena de tantos errores cometidos por culpa enteramente mía, que el placer que acompaña a los actos presuntamente buenos, que nunca veo lo bastante buenos ni afinados. Y mientras la mayoría se ufana de “dormir muy bien por las noches“, yo entro en las mías con el ánimo contrito, porque en ese recogimiento previo al sueño me vienen a la mente las ocasiones de hacer el bien que durante el día he perdido y las ocasiones malhadadas por torpeza puramente mía, sin paliativos. La conciencia tranquila no es algo que tengo, antes bien, algo que quiero tener y no puedo porque no dejo de actuar contrariamente al Bien.

Sin embargo, a mi me parece que donde hay culpa ha de haber desazón y en la desazón, contrición, y esto a mi se me antoja muy acorde a la sanidad del alma pues está en su constitución natural la facultad de remorderse; este efecto nos intranquiliza y perturba a fin de conducirnos al arrepentimiento de donde se seguirán en el futuro, acciones muy mejores. A esta facultad llamaban los antiguos griegos “sindéresis” o “sindereia“, afirmando que es una chispa divina que, estando en nosotros, nos habla y nos afea las torpezas, como el daemon de Sócrates, que sólo le hablaba cuando hacía o decía algo impropio.

Mas hoy, el remordimiento que tortura el ánimo, no como castigo sino como impulso a buscar el perdón, perdón que es una bendición resolutiva, se esquiva con el enojoso argumento de la conciencia tranquila o muy tranquila, pues este es baluarte donde no alcanzan las censuras, una piel de reptil sobre la que resbalan los consejos más probados; pues, una vez contado y pesado, tener la conciencia tranquila no es ni meritorio ni de presumir, lo meritorio es tener la conciencia recta, buena y sobre todo, inspirada por Dios. Y la prueba de ello arriba cuando no es uno quien afirma la rectitud de su conciencia (afirmación siempre temeraria), antes bien, cuando son los demás quienes, juzgándolo a uno, desean tomarlo como ejemplo, y desean emularlo en lo virtuoso. Pero esto ya nos llevaría a alargarnos demasiado.

Panateneas

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Con la Luna llena de esta noche, siendo san Platón, damos por finalizadas las fiestas Panateneas -o Minervalias- de este año, que otrora fueron fiestas patronales de esta casa y que este año han pasado sin pena ni gloria. No me impida esto recitar su piadoso himno:

Palas unigénita, hija venerable del grandioso Zeus, divina y bienaventurada diosa, provocadora del estruendo guerrero, furibunda, nombrable e innombrable, celebérri­ma, cavernícola, que frecuentas las escarpadas cimas de las montañas y los umbrosos montes, y cuyo corazón se regocija en los boscosos valles. Belicosa, que hieres con desvaríos las almas de los mortales, doncella que practicas el ejercicio, y posees un ánimo que infunde espanto, gorgonicida, que rehuyes el matrimonio, felicísima madre de las artes, excitante, que envías la locura a los malvados y la sana prudencia a los honrados; varón y hembra por naturaleza, engendradora de gue­rras, prudente, de cambiantes formas, serpiente, deseosa de inspiración divina, receptora de brillantes honores, des­tructora de los Gigantes de Flegras, conductora de ca­ballos, tritogenia, eliminadora de desdichas, victoriosa dei­dad, durante el día y la noche, sin cesar, en el último momento. Escucha, pues, mi súplica, dame una paz felicí­sima, abundancia y salud en medio de dichosos momen­tos, ojizarca, inventora de las artes, soberana a la que se diri­gen muchas súplicas“.

Y el que escribió el sabio Homero:

Comienzo por cantar a Palas Atenea, gloriosa deidad de ojos de lechuza, la muy sagaz, dotada de implacable corazón, virgen venerable, protectora de ciudades, ardida Tritogenia. A ella la engendró por si solo el prudente Zeus en su augusta cabeza, provista de belicoso armamento de oro radiante. Un religioso temor se apoderó de todos los inmortales al verla. Y ella, ante Zeus egidífero, saltó impetuosamente de la cabeza inmortal agitando una aguda jabalina. El gran Olimpo se estremecía terriblemente bajo el ímpetu de la de ojos de lechuza. En torno suyo, la tierra bramó espantosamente. Se conmovió el Ponto, henchido de agitadas olas y quedó prontamente inmóvil la salada superficie. Detuvo el ilustre hijo de Hiperión sus corceles de raudos pies por largo rato hasta que se hubo quitado de sus inmortales hombros las armas divinales la virgen Palas Atenea. Y se regocijó el prudente Zeus. Así te saludo a ti también, hija de Zeus egidífero, y a ti compondré otro canto“.

Y hasta el año que viene si Dios quiere.

Diccionario neológico (I)

Tontología

Figura retórica o dialéctica definida por una sinrazón argumentada, o bien, argumento robusto que concluye en una sandez, o bien, desnuda tontería que hace de su desnudez, virtud, o bien, sentencia o afirmación absurda. Si es el caso o si no se comprendiera bien el concepto, se añadirán algunos ejemplos.

Telúricos y pelágicos

Sobre telúricos y pelágicos. Establecer una distinción entre dos grandes grupos humanos en permanente conflicto: los telúricos y los pelágicos, portadores ambos de sus respectivos dogmas, manías y creencias. Sean telúricos los que se complacen y hallan placer en las montañas, sierras, escarpados y demás efusiones minerales de la magna Tellus, por abusivas que estas sean.

7  (Grupo de telúricos:Alsa, vailets, una mica més que ja ho tenim això!”)

Sean pelágicos los que hallan un gusto análogo en las cosas de la océana mar y de su piélago, sea en su calma como en su furia.

pelagica(Un ejemplar joven de pelágica, en su medio natural)

Los hebreos son el pueblo telúrico por excelencia: su historia empieza en una montaña, el mar no les gusta nada y sus dogmas son tan inamovibles como el monte Sinaí. En cambio, los griegos son la gente pelágica por antonomasia, con lo que esto comporta de labilidad dogmática. La hibridación entre estas dos concepciones del estar-en-el-mundo (In-der-Welt-Sein), ha dado lugar al paisano que contemporiza. Yo soy profundamente pelágico (que no pelagiano). Me quitas de la mar y de sus cosas y fallecería de pena. Este verano miraré de escribir un ensayo sobre esta doctrina que tengo, justificándola razonablemente.

Directorio de las malas virtudes: la autoestima (I)

Al hilo de lo anterior, quiero enumerar y reflexionar acerca de algunas pseudovirtudes que el siglo ha puesto de moda para sustituir a las virtudes auténticas pues estoy en la exacta comprensión de que si las virtudes auténticas nos liberan, las pseudovirtudes nos alienan y reblandecen nuestro sieso, con todas las desgracias que esto conlleva, de las cuales la primera es, entiendo yo, el riesgo de quedar desvivido. Convencido de lo anterior, he pensado en escribir un directorio de malas virtudes (o virtudes simulacrales) de las cuales la primera es la siguiente:

-La autoestima. Si en lugar de pretender una autoestima alta las personas buscaran estimar altamente a los demás ya habríamos dado un paso en la buena dirección. Pero no: al parecer el asunto consiste en ser un bárbaro de bárbaras costumbres y, al mismo tiempo, aspirar a tener una gran autoestima, lo cual me parece contranatural, desatinado y nocivo, amén de imposible. Cuando uno hace o siente el mal, natural es que no tenga motivos para tener una autoestima alta y, si la tuviere, peor será el pronóstico. Por otro lado, se entendería la autoestimación si ésta se explicara como un estimar lo que en cada cual es estimable, a saber: aquel Dios que mora en el interior de todos. De esta forma, uno ha de amarse a si mismo no por lo que uno es, sino por aquello de lo que uno es portador: un Dios que, desde dentro, a todos nos impulsa a hacer el Bien. Quien estima a Éste, se autoestima con motivo y para siempre. Este argumento también explica el amor que debemos a los demás, que no es amor de personas y cuerpos sino amor de Aquel que en cada cual reside como en su morada natural. Por contra, hoy prevalece el antojo personal de autoestimarse a pesar de todos los vicios y defectos habientes (que proceden todos de la ignorancia de lo dicho), como si la autoestimación fuera un prestigio que nos lustra cuando, en realidad, nos hace sombríos y patéticos. Por tanto, no se quiera curar nada del alma sin abajar la autoestima del que la tiene sin motivo, y sin recordar al que se aflige de su poquedad, la magnitud de ese prójimo que habita secretamente en él. Sobre esto hay mucho que hablar.