Leibniz. La sabiduría: Arte de razonar, inventar y recordar.

Leibniz

Este texto fue el primero que leí de herr Leibniz. Como se ve, su propósito no es baladí. Son consejos basados en la experiencia y el sentido común, lo que es cosa de agradecer. Por eso es muy útil, directo y sustancioso.  Con gran verdad se habla de la escala de la Sabiduría, pues los peldaños primeros sustentan a los más elevados. Ciertamente, con aprender a razonar, inventar (o hallar) y recordar, tenemos recorridos buena parte de los preliminares, de modo que este texto debería considerarse troncal de primer curso.

Leibniz. La sabiduría

Pathos Verdiano

Este fragmento rebosa pathos romántico y desengaño barroco a la par. El aria, recortada y glosada aquí, es una de mis favoritas. Todos sus elementos son saturnales: La canta Felipe II en el Escorial; el cantante es un bajo y buena parte de la línea melódica corresponde al cello en sus tonos bajos; el tema es la desilusión teñida de melancolía ante la certeza del desamor; se alude a la vejez, al sueño de la muerte y a la bóveda negra. El narrador, por añadidura, resalta estos elementos con tonos románticos. Bienvenidos al reino de Saturno. Que la disfruten.

¿Qué es más util, el agua o el fuego? Plutarco.

Cuatro elementos

Este texto atribuído a Plutarco me parece bastante curioso. Indaga si entre los elementos es mejor el agua o el fuego. Diríase que bajo la apariencia de ejercicio retórico y la trivialidad de la cuestión, acechan multitud de alusiones sobre cuestiones más prácticas: La configuración del mundo y de las cosas, las proporciones de los elementos en las cosas, la vida naciendo del calor y el agua, el fuego como creador de las artes. En suma, un tratado de física bastante útil, pero también una lección sobre el arte de las correspondencias. No he podido resistirme a acompañarlo de esta miniatura medieval, que me parece espléndida.

¿Qué es más útil el agua o el fuego?

Sobre la propia administración

Conviene que uno repase diariamente sus acciones y el ejercicio de los vicios y virtudes, pues sólo sometiendo a examen nuestra vida es como podremos mejorarla. En efecto, si no tenemos consciencia de nosotros mismos y de nuestra vida, jamás podremos saber si vamos por el buen camino, qué cosas hemos de corregir y por qué cosas hemos de gratificarnos. Por eso los filósofos antiguos, sobre todo los pitagóricos, y luego los cristianos, incidían tanto en el examen de conciencia. Sin embargo, no hemos de asumir mentalidad judicial. Por lo general, obtenemos cierto goce perverso en la culpa, de manera que asumimos un rol de fiscal y nos acusamos a nosotros ante nosotros, con el fin de dictar sentencia condenándonos. Para sacar fruto del examen, en lugar de esto, conviene pensar como un administrador que administra su hacienda, escribe en su diario, anota en su libro de cuentas y equilibra el debe y el haber. Los cabalistas consideraban que aquí había un secreto para la formación del carácter, y llamaban a quienes obraban así Maestros de las cuentas nocturnas. Recordemos los Versos Aúreos de Pitágoras, que nos explican el modus operandi:

Y no dejes que el dulce sueño se apodere de tus ojos,
sin haber rememorado contigo mismo cuanto has hecho durante el día:
¿En qué he faltado? ¿Qué he hecho? ¿He dejado de cumplir alguno de mis deberes?
Recorre también sin olvidar ninguna, cuantas acciones hayas realizado, empezando por las primeras,
y al momento, repréndete por los actos malos y alégrate por los buenos.
He aquí lo que es preciso que hagas. He aquí la labor que reclama todo tu cuidado.

Anywhere out of the world. Charles Baudelaire.

La canción de Shambalah

ANYWHERE OUT OF THE WORLD

Esta vida es un hospital donde cada enfermo está poseído por el deseo de cambiar de cama. Este quería sufrir delante de la estufa, y aquél cree que se curaría al lado de la ventana.

Me parece siempre que estaría bien allí donde no estoy, y esta cuestión de la mudanza es una que discuto sin cesar con mi alma.

“Dime, alma mía, pobre alma enfriada, ¿Qué pensarías de vivir en Lisboa? Hace calor y te vigorizarías como un lagarto. Esta ciudad está a la orilla del agua; se dice que está edificada en mármol y que el pueblo tiene tal odio a lo vegetal que arranca todos los árboles. He aquí un paisaje a tu gusto; un paisaje hecho con luz y mineral y el líquido para reflejarlos.”

Mi alma no responde nada.

“Puesto que amas tanto el reposo, con el espectáculo del movimiento, ¿Quieres vivir en Holanda, esa tierra beatífica? Puede ser que te diviertas en ese país cuya imagen frecuentemente has admirado en los museos. ¿Qué pensarías de Rotterdam, tú que amas los bosques de mástiles y los navíos amarrados al pie de las casas?”

Mi alma sigue muda.

“¿Puede ser que Batavia te sonría más? Encontraríamos allí el espíritu de Europa casado con la belleza tropical.”

Ni una palabra. ¿Estará muerta mi alma?

“¿Has llegado a ese punto de entumecimiento en el que no te gusta más que tu mal? Si es así, huyamos hacia los países que son analogías de la Muerte ¡Ya lo tengo, pobre alma! Haremos las maletas para Borneo. Iremos todavía más lejos, al extremo del Báltico; todavía más lejos de la vida, si es posible. Instalémonos en el polo. Allí el sol no roza la tierra más que oblicuamente, y las lentas alternativas de la luz y la noche suprimen la variedad y aumentan la monotonía, esa mitad de la nada. Allí podremos tomar largos baños de tinieblas, mientras que para divertirnos, las auroras boreales nos enviarán de cuando en cuando sus haces rosas, como reflejos de un fuego artificial del Infierno.”

Finalmente, mi alma explota y sabiamente me grita: “¡No importa dónde, no importa donde! ¡Siempre que sea fuera de este mundo!”

Jenófanes de Colofón

Este es el teólogo de los presocráticos. Me resultó simpático desde la primera vez que lo leí en mi adolescencia. También es un poeta admirable, como lo prueba el fragmento del banquete, rebosante de delicuescencia. Como ocurre con todos los presocráticos, sólo podemos entreverlos en pequeñas partes. Las que quedan de Jenófanes muestran más claridad y sabiduría teológica que muchos indigestos, obscuros y voluminosos teólogos del siglo XX.

Fragmentos de Jenófanes

Jámblico de Calcis

Iamblichus

Este caballero es Jámblico, uno de los grandes del neoplatonismo, escuela de referencia en esta casa. Aprendió filosofía con Porfirio y a su vez fundó una escuela en Apamea. Consideró que el culmen de la filosofía era la unión con la sabiduría misma, esto es, con la divinidad; por eso su filosofía se orienta a la práctica de la teurgia. Poco ha sobrevivido de su obra. Recopiló las doctrinas pitagóricas en diez libros, uno de los cuales –Vida pitagórica- me sirve de frecuente inspiración. También escribió Sobre los misterios egipcios, obra de título provocativo, repleta de tesoros y goces inesperados. Marsilio ficino la puso como introducción a su antología de la filosofía hermética, que en realidad es un curso de hermetismo. Era de justicia incluir a Jámblico en la sección de maestros. Cumplo así la obligación que tenía desde que publiqué una de sus cartas aquí.