Anywhere out of the world. Charles Baudelaire.

La canción de Shambalah

ANYWHERE OUT OF THE WORLD

Esta vida es un hospital donde cada enfermo está poseído por el deseo de cambiar de cama. Este quería sufrir delante de la estufa, y aquél cree que se curaría al lado de la ventana.

Me parece siempre que estaría bien allí donde no estoy, y esta cuestión de la mudanza es una que discuto sin cesar con mi alma.

“Dime, alma mía, pobre alma enfriada, ¿Qué pensarías de vivir en Lisboa? Hace calor y te vigorizarías como un lagarto. Esta ciudad está a la orilla del agua; se dice que está edificada en mármol y que el pueblo tiene tal odio a lo vegetal que arranca todos los árboles. He aquí un paisaje a tu gusto; un paisaje hecho con luz y mineral y el líquido para reflejarlos.”

Mi alma no responde nada.

“Puesto que amas tanto el reposo, con el espectáculo del movimiento, ¿Quieres vivir en Holanda, esa tierra beatífica? Puede ser que te diviertas en ese país cuya imagen frecuentemente has admirado en los museos. ¿Qué pensarías de Rotterdam, tú que amas los bosques de mástiles y los navíos amarrados al pie de las casas?”

Mi alma sigue muda.

“¿Puede ser que Batavia te sonría más? Encontraríamos allí el espíritu de Europa casado con la belleza tropical.”

Ni una palabra. ¿Estará muerta mi alma?

“¿Has llegado a ese punto de entumecimiento en el que no te gusta más que tu mal? Si es así, huyamos hacia los países que son analogías de la Muerte ¡Ya lo tengo, pobre alma! Haremos las maletas para Borneo. Iremos todavía más lejos, al extremo del Báltico; todavía más lejos de la vida, si es posible. Instalémonos en el polo. Allí el sol no roza la tierra más que oblicuamente, y las lentas alternativas de la luz y la noche suprimen la variedad y aumentan la monotonía, esa mitad de la nada. Allí podremos tomar largos baños de tinieblas, mientras que para divertirnos, las auroras boreales nos enviarán de cuando en cuando sus haces rosas, como reflejos de un fuego artificial del Infierno.”

Finalmente, mi alma explota y sabiamente me grita: “¡No importa dónde, no importa donde! ¡Siempre que sea fuera de este mundo!”

Jenófanes de Colofón

Este es el teólogo de los presocráticos. Me resultó simpático desde la primera vez que lo leí en mi adolescencia. También es un poeta admirable, como lo prueba el fragmento del banquete, rebosante de delicuescencia. Como ocurre con todos los presocráticos, sólo podemos entreverlos en pequeñas partes. Las que quedan de Jenófanes muestran más claridad y sabiduría teológica que muchos indigestos, obscuros y voluminosos teólogos del siglo XX.

Fragmentos de Jenófanes

Jámblico de Calcis

Iamblichus

Este caballero es Jámblico, uno de los grandes del neoplatonismo, escuela de referencia en esta casa. Aprendió filosofía con Porfirio y a su vez fundó una escuela en Apamea. Consideró que el culmen de la filosofía era la unión con la sabiduría misma, esto es, con la divinidad; por eso su filosofía se orienta a la práctica de la teurgia. Poco ha sobrevivido de su obra. Recopiló las doctrinas pitagóricas en diez libros, uno de los cuales –Vida pitagórica- me sirve de frecuente inspiración. También escribió Sobre los misterios egipcios, obra de título provocativo, repleta de tesoros y goces inesperados. Marsilio ficino la puso como introducción a su antología de la filosofía hermética, que en realidad es un curso de hermetismo. Era de justicia incluir a Jámblico en la sección de maestros. Cumplo así la obligación que tenía desde que publiqué una de sus cartas aquí.

Lin Yutang: Sobre el té y la amistad

Té

Lin Yutang tuvo dos grandes méritos: Fue erudito chino en el siglo XX -siglo de opinión y no de erudición- y escribió siguiendo el estilo clásico de los eruditos chinos con buen resultado. Autor del fenomenal tratado La importancia de vivir, más soberbio en sus apreciaciones estéticas que en las filosóficas (suponiendo que sean cosas distintas) la obra, plástica, sensorial, exótica, habría merecido la entusiasta aprobación de los esteticistas y decadentistas del fin de siècle. De la sección sobre cómo disfrutar de la vida, traduzco del original inglés un capítulo, repleto de delicuescencias y goces inesperados, acerca de cómo se debe tomar el té en compañía. Curiosas sus apreciaciones sobre el rocío. Mejor leerlo tomando una taza de té, por supuesto.

Sobre el té y la amistad

Porfirio: Conócete a tí mismo

“Conócete a tí mismo” era el consejo grabado en el frontispicio del oráculo de Delfos. Acaso en este leitmotiv se resuma la historia de la filosofía. Plutarco, sacerdote del oráculo, aclaró que la respuesta al consejo era “E”. Abelardo, en la Edad Media, escribió Nosce te ipsum, libro sensato sobre la responsabilidad personal, que san Bernardo aborreció y no entendió . Entre uno y otro, Porfirio dedicó un tratado a la recomendación oracular, del que apenas han sobrevivido tres fragmentos, que cuelgo a continuación. Imagen no prevista por el autor, el fragmentario hombre moderno sólo puede leer los fragmentos de un tratado sobre el autoconocimiento. En ellos se intuye una gran obra. Cumplir el precepto, dice Porfirio, implica conocer el verdadero Bien. En el erudito siglo XV, Nicolás de Cusa dirá que conocerse a sí mismo implica conocer el principio de todo.

Conócete a tí mismo

El síndrome de “El hombre tranquilo”

El_hombre_tranquilo

Este síndrome provoca en el sujeto el impulso irrefrenable de contextualizar. He podido constatarlo al asistir a la presentación de un libro sobre la celebérrima película “El hombre tranquilo” de John Ford. Entre el público, un ejemplar de la filoxera de lo políticamente correcto ha hecho notar la necesidad de contextualizar la obra, ya que en caso contrario le repelería. Es curioso el impulso neurótico de contextualizar todo cuanto no concuerda con la chifladura propia o cuanto salga del código conversacional y opinativo vigente. La principal desventaja que presenta poner en contexto cada obra que nos salga al paso intelectual, es la de no terminar nunca, dado el inmenso número. Ahora bien, puesto que toda contextualización se hace a su vez desde un contexto, en lugar de poner en contexto la obra, propongo ponernos en contexto a nosotros mismos. Así, claramente delimitadas nuestras anteojeras ideológicas de una vez por todas, no tendremos más necesidad de decir: “El hombre tranquilo está bien, pero hay que ponerlo en su contexto”, sino “El hombre tranquilo está bien, pero tengo que poner mis ideas en su contexto, porque me impiden disfrutar de la película”. Así, el impulso de contextualizar se satisface, calmando al mismo tiempo la voz de la conciencia políticamente correcta.

Proclo: Comentario a los Oráculos Caldeos

Proclo

Apenas superviviente del estrago universal de la caída de Roma, el impagable Comentario de Proclo nos ha llegado fragmentario, como los propios Oráculos. Fragmentos sobre fragmentos de una enseñanza que, completa, ya ocultaba los misterios. Velos apropiados para un texto que encubría la cúpide de la teurgia, ciencia del ascenso a la Unidad. Es un texto difícil, y no por lo fragmentario; debe ser así, estamos ante el programa de doctorado de los neoplatónicos, cuyos estudios básicos eran ya mucho más eruditos y complejos que los nuestros. Pero, descontando el gozo de no enterarse de nada, si se lee el texto como un tratado apofático, resulta bastante asequible. Las ruinas de este Comentario  aún cumplen su finalidad; lo que ha sobrevivido basta para aclarar el esquema general de los Oráculos.

Comentario a los Oráculos Caldeos