Fábula del Genil. Pedro de Espinosa

En esta casa, solaz recreo de las musas dulce, no debe faltar la poesía. Cuelgo la transcripción completa de la Fábula del Genil, a cuyas ilustres orillas escribo. Obra de Pedro de Espinosa, poeta de la escuela granadino-antequerana del Siglo de Oro, cuyo nombre conviene que reluzca en la palestra. Fue autor de una antología muy famosa, titulada Primera parte de Flores de poetas ilustres de España. Fama rara pasar a la historia por antologista. La Fábula, escrita en octavas reales, igual que la inefable Fábula de Polifemo y Galatea, comparte también estilo con Góngora, salvo en la temática, ya que este último dijo aquello de: «Si entre estas ruinas y despojos / que enriquece Genil y Dauro baña». Hermosas son las descripciones de los fondos acuáticos y de las piedras y joyeles que los adornan. Dicho sea de paso, las hénides son las ninfas de los prados, por el heno. Vaya, pues, una libación por el Genil, el río de los mil Nilos que enriquecen a Granada.

Fábula del Genil

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Maestro Eckhart: Sermón de Navidad.

El aguinaldo navideño viene este año de manos del Maestro Eckhart, y difícilmente puede haber un regalo mayor. Más allá de la alharaca y el festín (buenos y agradables) hay un silencio en la obscuridad donde se produce un nacimiento numinoso y tremendo, más allá del lenguaje, lejos de toda imagen. Cuando estemos volcados hacia fuera, en luz y celebración, si nos hacemos conscientes -por tan siquiera un instante- de esta divinidad desierta y silenciosa, en palabras de Umberto Eco, habremos comprendido en propia carne el misterio inefable de la Natividad. Como dice Pablo: Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; entonces conoceré tal y como soy conocido (1 Cor. 13,12). Que tengamos todos esta feliz Navidad.

Sermón 1 – Johannes Eckhart

Anywhere out of the world. Charles Baudelaire.

La canción de Shambalah

ANYWHERE OUT OF THE WORLD

Esta vida es un hospital donde cada enfermo está poseído por el deseo de cambiar de cama. Este quería sufrir delante de la estufa, y aquél cree que se curaría al lado de la ventana.

Me parece siempre que estaría bien allí donde no estoy, y esta cuestión de la mudanza es una que discuto sin cesar con mi alma.

“Dime, alma mía, pobre alma enfriada, ¿Qué pensarías de vivir en Lisboa? Hace calor y te vigorizarías como un lagarto. Esta ciudad está a la orilla del agua; se dice que está edificada en mármol y que el pueblo tiene tal odio a lo vegetal que arranca todos los árboles. He aquí un paisaje a tu gusto; un paisaje hecho con luz y mineral y el líquido para reflejarlos.”

Mi alma no responde nada.

“Puesto que amas tanto el reposo, con el espectáculo del movimiento, ¿Quieres vivir en Holanda, esa tierra beatífica? Puede ser que te diviertas en ese país cuya imagen frecuentemente has admirado en los museos. ¿Qué pensarías de Rotterdam, tú que amas los bosques de mástiles y los navíos amarrados al pie de las casas?”

Mi alma sigue muda.

“¿Puede ser que Batavia te sonría más? Encontraríamos allí el espíritu de Europa casado con la belleza tropical.”

Ni una palabra. ¿Estará muerta mi alma?

“¿Has llegado a ese punto de entumecimiento en el que no te gusta más que tu mal? Si es así, huyamos hacia los países que son analogías de la Muerte ¡Ya lo tengo, pobre alma! Haremos las maletas para Borneo. Iremos todavía más lejos, al extremo del Báltico; todavía más lejos de la vida, si es posible. Instalémonos en el polo. Allí el sol no roza la tierra más que oblicuamente, y las lentas alternativas de la luz y la noche suprimen la variedad y aumentan la monotonía, esa mitad de la nada. Allí podremos tomar largos baños de tinieblas, mientras que para divertirnos, las auroras boreales nos enviarán de cuando en cuando sus haces rosas, como reflejos de un fuego artificial del Infierno.”

Finalmente, mi alma explota y sabiamente me grita: “¡No importa dónde, no importa donde! ¡Siempre que sea fuera de este mundo!”

Lin Yutang: Sobre el té y la amistad

Té

Lin Yutang tuvo dos grandes méritos: Fue erudito chino en el siglo XX -siglo de opinión y no de erudición- y escribió siguiendo el estilo clásico de los eruditos chinos con buen resultado. Autor del fenomenal tratado La importancia de vivir, más soberbio en sus apreciaciones estéticas que en las filosóficas (suponiendo que sean cosas distintas) la obra, plástica, sensorial, exótica, habría merecido la entusiasta aprobación de los esteticistas y decadentistas del fin de siècle. De la sección sobre cómo disfrutar de la vida, traduzco del original inglés un capítulo, repleto de delicuescencias y goces inesperados, acerca de cómo se debe tomar el té en compañía. Curiosas sus apreciaciones sobre el rocío. Mejor leerlo tomando una taza de té, por supuesto.

Sobre el té y la amistad

San Vicente de Lerins: Reglas para mantener la fe

Traduzco un par de avisos del Commonitorio de San Vicente de Lerins, útiles para mantenerse a flote en la procelosa agitación de los tiempos presentes. Como harán falta en algún momento, aquí están a la vista.

Una regla general para distinguir la verdad de la fe católica de la falsedad de la depravación herética.

Frecuentemente pregunté con sinceridad y atención a muchos varones eminentes por su santidad y erudición, cómo y con qué regla universal, por así decirlo, puedo distinguir la verdad de la fe católica de la falsedad de la depravación herética; y siempre, en todo caso, he recibido la misma respuesta: que si yo o cualquier otro desease detectar el fraude y evitar las trampas de las herejías cuando surgen y permanecer completamente seguros en la fe católica, debemos, con la ayuda del Señor, fortificar nuestra propia creencia de dos modos; primero por la autoridad de la Ley Divina, y después, por la Tradición de la Iglesia Católica.

Pero aquí alguno quizá pregunte, dado que el canon de la Escritura está completo y es suficiente por sí mismo para todo y aún más que suficiente, ¿Qué necesidad hay de añadirle la autoridad de la interpretación de la Iglesia? Y es por este motivo, porque debido a la profundidad de las Sagradas Escrituras, no todos las aceptan en el mismo sentido, sino que unos entienden sus palabras de un modo y otros de modo distinto, y así parece que tiene tantas interpretaciones como intérpretes. Novaciano la expone de una manera, Sabelio de otra, Donato de otra; Arrio, Eunomio y Macedonio de otra distinta; Focio, Apolinar y Prisciliano de otra; Joviniano, Pelagio y Celestio de otra; finalmente, Nestorio, de otra. Por eso, es muy necesario, dado lo intrincado de tan varios errores, que la regla de la recta comprensión de los profetas y apóstoles se establezca de acuerdo con la interpretación habitual eclesiástica y católica.

Además, en la Iglesia Católica misma, debe tomarse toda precaución para que mantengamos la fe que se ha creído en todas partes, siempre, por todos. Ya que católico, en su sentido más cierto y estricto, como dice el nombre mismo y su razón, lo comprehende todo universalmente. Así que observaremos esta regla si seguimos la universalidad, la antigüedad y el consenso. Seguimos la universalidad si confesamos que hay una fe verdadera que confiesa toda la Iglesia en todo el mundo; la antigüedad si no nos apartamos de las interpretaciones que manifiestamente sostuvieron nuestros santos padres y ancestros; el consenso, de modo similar, si en la antigüedad nos adherimos a las definiciones consensuadas y determinadas por todos, o al menos de casi todos los sacerdotes y doctores.

Qué debe hacerse si uno o más disienten del resto.

Entonces, ¿Qué hará un católico si una pequeña porción de la Iglesia se separa de la comunión con la fe universal? ¿Qué, sino preferir la seguridad de todo el cuerpo a la inseguridad de un miembro corrupto y pestilente? ¿Y qué hará si por algún contagio novedoso parece infectar no sólo una porción insignificante de la Iglesia, sino la totalidad de la misma? Entonces estará a salvo adhiriéndose a lo antiguo, que en nuestros días no puede ser seducido por ningún fraude novedoso.

¿Pero qué hará si en la antigüedad misma se hallase error por parte de dos o tres hombres, o en una ciudad o incluso en una provincia? Entonces se cuidará por todos los medios de preferir los decretos, si los hubiera, de un Concilio General anterior a la aspereza e ignorancia de unos pocos. Pero, ¿Y si surgiera un error sobre el que no hubiera decreto? Entonces debe recopilar, consultar e interrogar la opinión de los antiguos, de aquellos que aún viviendo en diferentes épocas y lugares, pero continuando en la comunión de la fe de la única Iglesia Católica, fueran autoridades reconocidas y aprobadas. Particularmente, buscará lo que ha sido sostenido, escrito y enseñado, no solamente por uno o dos, sino por todos igualmente, con un solo consenso, abierta, frecuente y persistentemente, hasta que él mismo lo crea también sin ningún género de dudas.

El Espíritu Santo y la divinización

El don del Espíritu Santo, cuya venida se celebra en Pentecostés, es el Espíritu Santo mismo. Para el pueblo cristiano es la menos conocida de las personas de la Trinidad, lo que indica precisamente que su ámbito propio es el del Misterio. Su efecto en el hombre no es ni más ni menos que la divinización, la theosis, la transformación del hombre en Dios por la presencia en él de Dios. Iluminadora es la cita de San Basilio, que ilustra las consecuencias con la imaginería de la gnosis: “El Espíritu Santo, iluminando a aquellos que se han purificado de toda mancha, los hace espirituales por medio de la comunión con Él. Y como los cuerpos límpidos y transparentes, cuando un rayo los hiere, se convierten ellos mismos en brillantes y reflejan otro rayo, así las almas que llevan el Espíritu son iluminadas por el Espíritu; se hacen plenamente espirituales y transmiten a los demás la gracia, de ahí el conocimiento de las cosas futuras, el conocimiento de los misterios, la comprensión de las verdades ocultas, la distribución de los dones, la ciudadanía celeste, la conversación angélica. De Él viene la alegría interminable, la permanencia en Dios, la semejanza con Dios; el cumplimiento de los deseos: convertirse en Dios.”

De ahí la importancia de festejar dignamente Pentecostés.