Epístola de Agrippa a Tritemio

Esta breve epístola aparece al principio de algunas ediciones de la Filosofía Oculta. Es un texto muy simpático donde asoman las nocturnas tertulias que Agrippa y Tritemio mantuvieron sobre magia y esoterismo en el claustro de un monasterio. Epicuro consideraba que la amistad y la conversación erudita era el mayor placer dado al hombre. Acaso por esto, la referida escena se nos muestra envidiable.

Epístola de Agrippa a Tritemio

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Averroes: Sobre el discurso poético

Sigue a continuación mi traducción del comentario menor de Averroes a la Poética de Aristóteles. Aunque es poco lo que se conserva, no obstante es un fragmento muy jugoso: Qué es la literatura y para qué se usa. La dificultad de su lectura es la habitual de los filósofos musulmanes. Una de las tesis expuestas es que la literatura desarrolla las facultades mentales, particularmente la imaginativa, para ascender a razonamientos y contemplaciones superiores. Acaso esto explique por qué buena parte de los decimonónicos poetas malditos y decadentistas -Baudelaire, Huysmans, Verlaine o Wilde- terminaron dándose al catolicismo y a la teología.

Sobre el discurso poético

Carta de Jámblico sobre el destino

Esta epístola de nuestro Jámblico, uno de los grandes pilares del neoplatonismo, no debe faltar en nuestra gaceta. Sus cartas, aunque en estado fragmentario, son las únicas que han sobrevivido de un filósofo de esta escuela. Trata aquí el grave tema del destino, explicando su relación con la Providencia Divina y el límite de su influencia en el alma racional. En realidad es un tratado completo resumido en menos de dos páginas. Él estaba destinado a escribir esta carta sobre el destino, y yo destinado a leerla. Destínense ustedes también, porque merece la pena. De paso, observo que Jámblico no está en la galería de maestros, cosa que solventaré más adelante.

Carta de Jámblico a Macedonio sobre el destino

Diotógenes: Tratado sobre la santidad.

Estobeo, en el Florilegio que escribió para que su hijo aprendiera filosofía, nos ha transmitido gran cantidad de fragmentos de las obras perdidas de los pitagóricos. Diotógenes, uno de ellos, dejó un tratado sobre la santidad, que no es cosa baladí. Simplemente por el título podemos vislumbrar la diferencia que hay entre la concepción del filósofo para los griegos y para los contemporáneos. Lamentablemente, Estobeo sólo nos ha legado un par de fragmentos del tratado, que traduzco a continuación.

Del tratado de Diotógenes Sobre la Santidad

Es necesario que las leyes no estén guardadas por casas y puertas, sino por el comportamiento de los ciudadanos. ¿Cuál es, al fin y al cabo, el principio de toda política? La educación de los jóvenes. Las viñas nunca darán fruto útil a menos que estén bien cultivadas, ni los caballos serán excelentes si los potros no están bien entrenados. La fruta recién crecida recibe una forma especialmente similar a las cosas cercanas que le atañen. Y los hombres prudentemente están atentos al modo en que las viñas deben cortarse y cuidarse; pero en las cosas que pertenecen a la educación de su propia especie, se conducen de modo negligente y áspero, a pesar de que ni las viñas ni el vino gobiernan a los hombres, sino el hombre y el alma del hombre. Si encomendamos el cuidado de una planta a un hombre de valía, pensamos que el cuidador se merece no menos de dos minas, y sin embargo encomendamos la educación de los jóvenes a los ilirios o a los tracios, que no son hombres de valía. Los primeros legisladores, no obstante, ya que no podían atender al hombre medio del establo humano, añadieron a su educación la danza y el ritmo, que participan del movimiento y del orden; y además añadieron los deportes, varios de los cuales exhortan a la amistad, y algunos otros a la verdad y a la agudeza mental. De modo similar instituyeron la flauta y la harmonía para quienes habían cometido algún crimen por embriaguez y embotamiento, por cuyo medio dieron estructura a la mente, para que el comportamiento madurase y se volviese benigno, y fuesen capaces de mejorar.  […]

Es apropiado invocar a Dios al principio del almuerzo y de la cena, no porque Él tenga necesidad de nada de esto, sino para que el alma pueda adornarse con el recuerdo de la Divinidad. Puesto que, como procedemos de Él y participamos de una naturaleza divina, es preciso que le honremos. Y dado que Dios también es justo, es adecuado que actuemos justamente en todas las cosas. Por otra parte, hay cuatro causas que completan todas las cosas y las llevan a un fin, i.e. naturaleza, ley, arte y fortuna. La naturaleza, en efecto, es el principio universal de todas las cosas. Pero de las cosas que guían desde las costumbres hasta la concordia política, la ley es el hacedor y el guardián inspector. De las cosas que obtienen su consumación mediante la prudencia humana, se dice justamente que el arte es la madre y el líder. Y de las cosas a las que casual y accidentalmente, les acontece por igual lo loable y lo depravado, aseguramos que la causa es la fortuna. La  fortuna no hace nada con peso y medida, de modo prudente y ordenado.

El Segundo Libro de la Poética de Aristóteles

Guillermo de Baskerville

Aquí va el Tractatus Coislinianus. Bajo este campanudo nombre no hay más que unos apuntes de clase en forma de esquema. Su importancia radica en que se piensa que es lo único que nos ha llegado del libro perdido de la Poética de Aristóteles, esto es, de la parte dedicada a la comedia. El propio Estagirita menciona la parte perdida en la que se conserva: “Pues bien, acerca de la imitación en hexámetros y de la comedia hablaremos más tarde” (Poética, VI, 1449b). La parte perdida, acaso sea innecesario decirlo, cobró bastante popularidad gracias a El Nombre de la Rosa, de Umberto Eco. Y no deja de ser curioso que se haga famoso un libro perdido, pero de la parte que trata sobre la epopeya seguimos sin saber nada. Sea como sea, lo preservado en el Coislinianus parece completamente aristotélico. Adviertan los amantes del teatro del absurdo como aquí ya se menciona que la historia inconexa y la falta de secuencia lógica es causa de risa. Nihil novum sub sole.

Tractatus Coislinianus

La descripción de la diosa Isis

isis

Debemos a Apuleyo, filósofo platónico, la genialidad de El asno de oro, única novela clásica latina que ha llegado entera a nuestros días. La obra es transportadora, chispeante, rebosante de imagen y color, pero sobre todo, divertida. Bajo su tema ligero y amenísmo, no obstante, se revela el platonismo y se explican los misterios. Como muestra de la sublimidad de los ritos que en símbolos vela, a continuación copio parte de la descripción de la diosa Isis en su teofanía.

“Primero, ella tenía una abundante y larga cabellera, ligeramente ensortijada y extendida confusamente sobre su divino cuello, que flotaba con abandono. Una corona de diversas flores adornaba la parte alta de su cabeza, delante de la cual, sobre la frente, una plaquita circular en forma de espejo despedía una luz blanca, queriendo indicar la luna. A derecha e izquierda se hallaba este adorno sujeto por dos flexibles víboras, que tenían erguidas sus cabezas, y por dos espigas de trigo que se movía por encima de la frente. Su divino cuerpo lo cubría un vestido multicolor, tejido en fino lino, ahora brillando con la blancura del liri, ahora con el oro del azafrán, ahora con el rojo de la rosa. Pero lo que más atrajo mis miradas fue un manto muy negro, que resplandecía con su netro brillo y, ceñido alrededor de su cuerpo, le descendía del hombro derecho por debajo del costado izquierdo, volviendo al hombro izquierdo a modo de escudo. Uno de los extremos pendía con muchos pliegues artísticamente dispuestos, y estaba rematado por una serie de nudos en flecos que se movían del modo más gracioso. Por la bordada extremidad, y en el centro de ésta, la luna en plenilunio resplandecía con fúlgidos rayos. No obstante esto, en toda la extensión de tan extraordinaria capa aparecía sin interrupción una guirnalda de toda clase de flores y de frutos. La diosa llevaba además, muchos atributos bien distintos unos de otros: en su mano derecha llevaba un sistro de bronce, cuya fina lámina, curvada a modo de tahalí, estaba atravesada por el centro por tres pequeñas varillas que, agitadas a la vez por el movimiento de su brazo, producían un agudo tintineo. De su mano izquierda, pendía una naveta de oro, cuyas asas en su parte más saliente, hacían salir un áspid, que levantaba la cabeza con un cuello hinchado en demasía. Cubrían sus divinos pies unas sandalias tejidas de hojas de palmera, árbol de la victoria.”(…)

“He aquí, Lucio, que me presento a tí, conmovida por tus súplicas, yo, la madre de la Naturaleza, señora de todos los elementos, origen y principio de los siglos, divinidad suprema, reina de los manes, primera de entre los habitantes del cielo, representación genuina de dioses y diosas, que con mi voluntad gobierno la luminosa bóveda del cielo, los saludables soplos del Océano, los desolados silencios del infierno. Y mi único poder, bajo formas diversas, honrado con cultos bajo distintas advocaciones, todo el orbe lo reverencia. Los frigios, primeros seres de la tierra, me llaman la diosa de Pesinunte, madre de todos los dioses; aquí los áticos autóctonos, la Minerva de Cecrops; allí, los habitantes de Chipre, batida por las olas, la Venus de Pafos; entre los cretenses, hábiles en disparar flechas, soy Diana Díctina; para los sicilianos, que hablan tres idiomas, yo soy la diosa Proserpina Estigia; los habitantes de Eleusis me llaman la antigua diosa Ceres; unos Juno; otros Belona; éstos, Hécate; aquéllos, Ramnusia; y los etíopes, que son los primeros en ver la luz del sol naciente, los de ambas, y los egipcios, que sobresalen por su antiguo saber, venerándome con su propio culto, me llaman la reina Isis.”

Del Ente y del Uno

Del eximio Pico de la Mirándola, de quien ya hemos publicado otras cosas y algunas otras que vendrán, ofrezco este tratado sobre el Ente y el Uno, donde nuestro joven maestro intenta conciliar la doctrina de Platón y la de Aristóteles, a los que -por alguna razón extraña-, se pretende irreconciliables en sus tesituras respectivas. Esta obra es densa, de altas miras y aunque breve, satisface y agrada. Los que no gusten mucho de los entresijos de la ontología, que se queden con el capítulo X, que es de buena nutrición. Buen provecho.

Pico de la Mirandola. De ente et Uno