Jueves de Corpus

Siguiendo la antigua Tradición, es jueves de Corpus Christi. Se adora el Cuerpo y la Sangre de Cristo, dispuestos para la teofagia. El acto de comer el Cuerpo y beber la Sangre de Dios tiene como finalidad la divinización del hombre, la theosis de la que hablan los Santos Padres. Ingerir la sustancia divina y perfecta, libre de todo pecado, mácula e imperfección, comunica dichas cualidades a quien la consume. Desde esta perspectiva, recuerda mucho a la piedra de los alquimistas. La divinización no es sólo espiritual, sino también física, pues ese un retorno completo al Uno.

Dionisio Areopagita, neoplatónico cristiano por excelencia, lo expresa claramente: “Toda acción sacramental reduce a deificación uniforme nuestras vidas dispersas. Forja la unidad divina de las divisiones que cada uno lleva dentro. Logra en nosotros comunión y unión con el que es Uno. Afirmo, además, que la perfección de otros símolos jerárquicos se logra solamente por medio de los divinos y perfeccionantes dones de la comunión. Pues es poco menos que imposible celebrar ninguno de los sacramentos jerárquicos sin que la sagrada Eucaristía, punto culminante de todo rito, logre por su divina operación la unión con el Uno en quien reciba el sacramento. De parte de Dios le dispensa el misterioro don de llevar a perfección sus capacidades, perfeccionando en realidad su comunión con Dios. Los otros sacramentos de la jerarquía son imperfectos en el sentido de que no llevan a término nuestra comunión y unión con el Uno.” (Sobre la jerarquía celeste III, I).

Gregorio Palamás, defensor del hesicasmo como método de realización, dice refiriéndose a la Eucaristía: “Este es un misterio insuperable: Él está unido con la hipostasis humana, lo que significa que él mismo se ha unido con cada creyente a través de la participación de su cuerpo santificado, llegando a ser un cuerpo con nosotros, y haciéndonos templo de toda la divinidad.” (Defensa de los Hesicastas 1, 3, 38).

Guillaume Postel no debe faltar en esta fiesta. Para él la eucaristía es lo específico del cristianismo, lo que lo diferencia de las demás religiones. El efecto es nuestra incorporación, perfección y elevación, tres aspectos con los que se indica la regeneración física, la regeneración espiritual y el retorno al Uno: “Ya que nada puede ser considerado más grande y más manifiesto, más evidente a los sentidos y más omnipotente que el cuerpo sagrado del Cristo (que permanece en nosotros y con nosotros hasta el fin de los siglos, aunque ausente y oculto), que reprime y detiene el orgullo interior del alma y del cuerpo, con razón nos ha provisto Dios de un tan importante remedio a fin de que salgamos victorioso a ejemplo de sí mismo, puesto que Él quiso, sobretodo, que fuésemos arrastrados hacia lo alto con Él, por la incorporación, hasta la misma perfección, y ordenó que nos eleváramos por efecto de este mismo maná que subsiste perpetuamente.” (La llave de las cosas ocultas).

La tradición mandaría concluir esta breve y en absoluto exhaustiva exposición con el Pange lingua. Pero como el caro Cosmógono ya lo incluyó aquí, les remito al mismo y además les dejo con el Locus Iste de Bruckner, que también es muy hermoso.

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