De termas (II)

Ya lo sabía, pero ahora puedo reafirmarme en ello: no me gustan los jacuzzi; esos hervores acuáticos me hacen sentir lo que debe sentir una patata hirviendo dentro de una olla, esto es, angustia. Genéricamente hablando mi complexión espartana rehuye estos placeres tan muelles y en esa pétillant infusión de mí mismo no consigo alcanzar la sicalipsis que han conseguido los otros pacientes con meridiana facilidad. Con todo, he resistido y, dado que he venido para hacer salud, me doy por satisfecho, pues no he muerto.

La terma romana –hammam-, muy bien, como remedio plausible que es: se suda a oscuras, en soledad y nadie te molesta.

La comida balnearial es aceptable y no le demos más vueltas ni nos hagamos la mala sangre.

Por la tarde, quiromasaje bajo unos chorros de agua milagrosa. La intención era buena, pero, habida cuenta de mi aversión a ser manoseado, tampoco he llegado a ese gusto que los usuarios proclaman después de una sesión. A mi edad, es natural tener contracturas musculares, adquiridas con los años a base de muchas frustraciones y desengaños, de forma que, siendo como son de mi propiedad, estoy un poco apegado a ellas y soy renuente a que me las quieran remover, aunque sea con buena fe. No obstante, he descubierto que si me aprietan la nalga con fuerza usando el pulgar, me duele. Esto será el ciático, ya veo.

(Nota personal: no decir al quiromasajista “si me haces crujir un solo hueso te arranco el corazón”. Se tensa.)

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