Sobre mi elixir

No han sido pocas las ocasiones en que mis allegados, observando con estupefacción mi hiperactividad en todos los órdenes de la invención y del genio, me han preguntado cómo es posible que esta mi disposición no haya declinado ante los deletéreos vapores de este Siglo malvado, ni conozca los desórdenes y achaques de la senectud. La respuesta es fácil: gracias a mi elixir (de composición metasecreta), que ingiero diariamente en ayunas en razón de una gota por vía sublingual. En Cosmogonía, esta práctica no está considerada dopaje y es perfectamente lícita, viniendo como viene, avalada por una larga tradición.

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5 comentarios el “Sobre mi elixir

  1. richeutz dice:

    No cometeré la temeridad de pedir del elixir, que a decir de Mefistófeles van encadenados méritos y suerte, hasta el punto que de tener algunos la piedra filosofal, a la piedra le faltaría el filósofo.

  2. Ahab dice:

    El azar, ya que, según creo, no ha sido la necesidad, ha puesto ante mi ese portentoso elixir que, al decir, del filósofo que lo destila, infiere fuerza y vigor hercúleo. Gran cosa, ciertamente.
    Sin embargo. no conozco sabio alguno que no haya ennoblecido los valores de la senectud. Quimera es la larga vida; así como los dioses nos envidian por ser mortales, así nosotros envidiamos la inmortalidad. Quizás, ambos no hayamos comprendido que si el tiempo fluye (y huye, como Atalanta), es para darnos una oportunidad: quedarnos quietos, viendo lo que pasa (y lo único que pasa somos nosotros), y no huir con él. La única razón que justifica querer vivir más es el goce y el placer, ciegos como estamos a la Salud Suprema, que, en palabras del Poeta, sólo viene por la ingesta, eso sí, siempre con tino y prudencia, del calostro, el único e infalible… acaso inefable elixir de la inmortalidad.
    A ese lobo que, como he podido comprobar, sigue, como antaño, en las andadas le mando mis respetos y mis buenos augurios. Salut, company!

  3. Ateneo dice:

    Elixir maravilloso es el AMOR que destilando sus gotas en frascos bien preparados retrasa la senectud, alivia achaques pasionales de ígnea procedencia y procura larga y fructífera vida incluso al más despistado Cosmógono.

    Me encuentro en la actualidad intentado destilarlo en diferentes tipos de vasos pero hasta ahora tan sólo unos pocos, de naturaleza generalmente atenéica, han podido resistirlo, no sin pagar un alto precio, cual es comenzar a desear fijarse menos en el siglo y orientarse más hacia otros lugares más provechosos. Seguiremos informando.

  4. A Richeutz:
    Señora, vos podéis cometer cualquier temeridad, porque siempre os saldrá prudente. Ventajas o inconvenientes de ser tan margaritesca…
    Abusivamente vuestro,
    Renard

    A Ahab:
    Unos comentarios, a vuela pluma para responder, según mis escasos recursos, a la sagacidad que demuestra su nota:

    Convengo con vos en que los sabios ennoblecieron los valores de la edad provecta, pero vos convendréis conmigo en que si no hubiera larga vida, tampoco habría senectud que pudieran loar los sabios y poetas.

    Y añado: la vida, o es un bien o es un mal, si es un bien no puede ser un mal desear un elixir de un largo bien. Por contra, si la vida es un mal sería un bien desear un elixir de un largo mal.

    Cierto es que Hermes Trimegisto (al que citáis implícitamente) afirma que los dioses nos envidian por nuestra doble condición de mortales e inmortales pero, también es cierto que, en decir de Platón, es impío afirmar de los dioses que tienen pasiones mortales, léase, envidia. Y con todo, mortalidad o inmortalidad, nada son para nosotros, pues como cristianos fieles a Roma, nuestra fe reposa en la Gloriosa Eternidad prometida a los buenos.

    Sobre el tiempo fugitivo y la quietud a que aludís, me pilláis en un renuncio, pues mis investigaciones sobre el ser y el tiempo (aunque muy avanzadas) no me permiten exponer sino conjeturas, por lo que os abstendré de este suplicio, en respeto a nuestra antigua amistad.

    Goce y placer no me parecen malas opciones sobre todo si consideramos la alternativa. Ya sabéis que en estos asuntos yo tiendo más a la Higuera de Epicuro que a la columna de Simeón el Estilita. Esto debe ir un poco por naturalezas, según creo.

    Por lo demás, he celebrado mucho saber de vuesa merced. Estoy en el firme convencimiento de que, más temprano que tarde, avistaréis aquella ballena cuya blancura siempre habéis glosado con indisimulado fanatismo, en las tabernas y tugurios que otrora frecuentamos. Salut, company!
    Renard

    A mi buen Ateneo:
    Que el elixir es el AMOR, es una verdad como un templo -tampoco es extraño viniendo de vos-. Al respecto de vuestro “seguiremos informando“, responderé con un esperanzado “seguiremos esperando“. Vuestro, siempre
    Renard

  5. Ahab dice:

    Considera, querido amigo, y ya que citas al Académico, de que no hay mal que se precie, sino bien absoluto que invade el alma del filósofo en su ardua y proverbial misión de personificar los ánimos de esos dioses que con frecuencia nos visitan y a los que nos encomendamos, según sea la condición y la naturaleza del momento.
    Ayer mismo, permíteme que, abusando de tu paciencia y de la de tus ricos en luces visitantes, te hable de mí: el otro día, andando yo en mis vericuetos arquitectónicos, me visitó Penia, la pobre Penia, siempre mendigando una migaja de sabiduría a Metis. Pues bien, en esa inefable visita, me di cuenta de qué gran cosa es la escasez, y de que, la expresión –vulgarizada hasta el desatino-, “tener la mente en blanco” es, quizás, una expresión perfecta de plenitud, porque ahí donde está la Piedra, ahí está el corazón del filósofo… y la Piedra es blanca, tinturada hacia el púrpura, según he podido comprobar, aunque a veces, la verdad, me invade la duda.
    Tu sabes mejor que yo, pues tu solvencia en el noble arte de la mixtura es incuestionable, que tarde o temprano ¡por Zeus, que sea más temprano que tarde! habremos de quemar los libros y someter nuestro destino al blanqueo del latón, aunque, en este tiempo residual que nos toca soportar, más de un filósofo ha confundido esta noble actividad con el blanqueo del oro, cuando no del infecto papel moneda. Pero eso es otra cuestión.
    ¿Acaso no se lamenta el Académico en sus Leyes de que el hombre ya no sabe qué pensar sobre la naturaleza de los dioses? ¡Ay, querido amigo! ¡El mismísimo Pitágoras vino medio vacío de Egipto! Sin embargo, lejos de lamentos infructuosos, harto como estoy de tanto dilettante y de tanto snob, de tanta teoría (o tontería) y de tanto intelectual, he de confesar –sin que eso cree precedente, pues sabio es postrarse ante el que conoce, pero necio someterse sin virtud- que tus luces, entre dicharacheras y mágicas, son reconfortantes, y que creo reconocer ese daimon hermético que, entre la indolencia y la maestría, vive en ti.
    Esperando que muy pronto, y si es que no ha de hacernos mal, otro tugurio cobije nuestras disertaciones –y/o conclusiones- acerca de la naturaleza de los dioses, te mando mi más sentido voto de perfección.
    Ahab

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