Biblioteca cosmogónica

(Biblioteca cosmogónica: vista parcial)

Es un hecho incontestable que, a diferencia de otras disciplinas, la Cosmogonía reclama estar en posesión de una buena biblioteca, rebosante de lecturas esencialísimas y de utilidad probada. Que nadie se equivoque: una biblioteca es enorme no por la cantidad de libros que atesora, sino por la calidad de los mismos y, con todo, un servidor cuenta con varios miles de obras selectas. ¡Cuántas librotecas se echan a perder por la intempestiva presencia de un volumen lamentable! Por esa razón una vez al año llevo esta biblioteca al peluquero, para que la mantenga limpia de libros absurdos o de mala nota que, de alguna forma incógnita, han anidado entre sus anaqueles, multiplicándose como conejos. Esto yo no lo admito y cuando advierto una proliferación de obras de esta jaez, llamo a la brigadilla de control de plagas. Muchos protocosmógonos incurren en esos errores de bulto (nunca mejor dicho, porque los libros abultan mucho), ignorando que las obras completas de Shakespeare ya constituyen, por si mismas, una enorme biblioteca. Lo que es un pecado es que las obras de Shakespeare, o de santo Tomás, deban soportar la vecindad de libros como “Y Dios en la última playa”, “Los cipreses creen en Dios”, “Odessa” o “Papillón”. Esto no. De ninguna manera.

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8 comentarios el “Biblioteca cosmogónica

  1. richeutz dice:

    A este respecto yo he observado que los buenos libros se unen en vida común cenobíticamente asegurándose el ser aislados de los libros insustanciales y hueros. A lo largo de mi vida he podido comprobar en repetidas ocasiones cómo los textos provechosos manifiestan por sí mismos esa dote cenobítica, de modo que a la que comiezan a proliferar volúmenes de contenido vacuo, los ejemplares cenobitas van retirándose silenciosamente, hasta aparecer todos ellos misteriosamente reunidos en un solo lugar de la biblioteca. Este lugar es el cenobio natural de la biblioteca, y conviene mantenerlo siempre muy cuidado.

  2. Una feliz observación, cara Richeutz; ese fenómeno etológico-libreril (que yo también he comprobado) obedece, según creo, a un tácito rechazo de la promiscuidad. Incluso en esto son maestros.
    Existe toda una fenomenología biblioteconómica que ha sido muy mal estudiada: los libros pródigos (que desaparecen misteriosamente y después vuelven), los libros invisibles (que están pero no se ven), los libros recurrentes o ubícuos (que están en varias lugares al mismo tiempo), los libros cautivos (que han sido raptados por los turcos y moran en casa extraña), los libros dúplices (que se han multiplicado como por mitosis), etc.
    Mención aparte puedo citar el caso de los libros castigados (de estos tengo varios), que no se pueden tirar ni regalar, pero tampoco leer por contener doctrinas contrarias a la fe o a las buenas costumbres.
    Sobre estas cuestiones se podría hablar mucho.

  3. Ateneo dice:

    Estando de acuerdo con lo manifestdo por tan notables bibliotecarios, no puedo sino añadir una categoria mas que a mi me ha proporiconado instantes sublimes: los libros oportunos, aquellos que se hacen invisibles hasta que el lector está oportunamente preparado para asimilarlos, disfrutarlos saborearlos y digerirlos provechosamente. La oportunidad la ofrecen en silencio, retirándose humíldemente en la espera de ese lector avezado y displicente que, ineludiblemente.mediando Dios, llegará a descubrirlos.

    He aprendido más de esos libros que de muchos hombres y espero que así siga siendo.

  4. ¡Ah, los libros oportunos! Una feliz observación, Ateneo! Pues esta es una categoría muy importante que no debemos pasar por alto. En efecto: los libros oportunos (o durmientes), tienen un comportamiento muy singular: aparecen rodeados por una circunstancia extraña o ignota, ocupan su lugar (a veces durante años) con una enorme discreción y de repente, como si pasaran de la potencia al acto, devienen libros capitales para el usuario.
    Dentro de la taxonomía, creo que pertenecen al grupo de libros de hoja perenne, subgrupo: libros hibernadores.

  5. Lilianne dice:

    No suelo publicar nada, pero no sería bién nacida si no mostrase mi gratitud publicamente a ese gran y fiel amigo que es el libro oportuno, sin él muchos caminariamos a ciegas….siempre aparece cuando hay que aclarar dudas, cuando se necesita coraje para continuar….gracias amigo, amante, maestro.

  6. kapellmeistershimmel dice:

    Poco ha que Kapellmeister quemó en su llar de foc un libro de Boris Assafief, pretendidamente sobre la música de las esferas. Un tostón de ensayo, creedme. En francés. Un verdadero coñazo. Farragoso, enfadoso, chicloso. Tengo fotos para acreditarlo. Y uno de estos días quemaré otro ensayo insufrible, sobre lo inefable de la música, de Vladimir Jankelevich. Todo ello muy cervantino.

  7. Creo que, sobre los libros-oportunos, entre Ateneo y Lilianne lo han dicho todo. Con palabras exquisitas, como acostumbran.
    Pero el Kapellmeistershimmel ha sacado a colación una cuestión que no es baladí: los libros-quemables. Sobre esto la gente tiene muchas manías por una especie de totemismo librópatico que yo no lo comprendo, tal vez porque no soy un librólatra. Pero es indiscutible que hay libros dignos de un auto de fe: por mendaces, torticeros, heréticos y malignos, libros con piel de cordero cuya insidiosa función es la de propagar la peste bubónica y el carbunclo. Estos libros han de ser quemados, si señor, y sin miramientos, como hizo santo Domingo de Guzmán, que en esto no tenía manías.

  8. Ateneo dice:

    Muy cierta la observación. Por una suerte de superstición libresca o un encabezonamiento obstinado muchos libros se “debían” terminar de leer a pesar de estar produciendo sopor en caso benévolo o bien soponcio imaginal en el resto de casos.

    Comparto la idea del muy querido, aunque aún no conocido, maestro de capilla (quedan pocos maestros y demasiados profesores) de ir quemando esos libros que, curiosametne, arden con más fuerza inclujso que el resto. En mi caso ya uqe no dispongo del horno o chimena apropiados, me limito a ponerlos encima del fuego de la cocina, eso sí, con la campana extractora a tope para que su humo lelgue al lugar que le corresponde.

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