El francés, a día de hoy

Como cada año, por estas, he estado en Francia cumpliendo una suerte de ritual familiar. Pero a diferencia de anteriores años, he hallado que los franceses están -cosa inusitada en ellos- demasiado amables y gentiles, esto es, poco franceses. Probablemente su inconsciente colectivo intuye la inminencia de una tercera guerra mundial, durante la cual serán nuevamente ocupados, como es costumbre. Por eso creo que, astuta y provisionalmente han sustituído le grandeur por la humblete. En todo caso, este espíritu que les he advertido, como es el servir educadamente a los pasantes, me tiene “amb la mosca al nas”.

Este hecho me ha disgustado profundamente, porque estaba habituado a ser atendido de malas maneras y los cambios no me gustan. Esto no ha sido óbice para que haya adquirido las obras completas de Bossuet y las de Rimbaud en ediciones extracaras. A resultas de todo, hallo que el hecho francés se ha tornado como prescindible, como algo de capa caída en el si de una bruma fría, desagradable y grasienta. En consecuencia, he tomado la decisión de desafrancesarme y olvidar su idioma gradualmente. A mí me gustan los idiomas fibrados, vigorosos y sobrados. No ha sido el caso. A quienes les interesen estas cosas les diré: el idioma francés ha engordado ostensiblemente, anda como jorobado y posiblemente sólo sirva -a día de hoy- para solicitar un excelso plato de cerf (con las costillas vidriadas por una excelente cocción), poco más.

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