Apuntes deontológicos

Quiero hacer constar aquí unas palabras del Dr. Santiago Ramón y Cajal, cuya vigencia se me hace más necesaria en los tiempos presentes que cuando fueron pronunciadas, siendo hoy, quizá más que ayer, mayor la estulticia, menor el mérito y superior la ignorancia de los que, investidos con relucientes títulos e inmaculados hábitos, se olvidan del pensamiento vivo, del respeto al prójimo, del amor debido a la ciencia que profesan y hasta de su propia falibilidad.

“Importa consignar que los descubrimientos más brillantes se han debido, no al conocimiento de la lógica escrita, sino a esa lógica viva que el hombre posee en su espíritu, con la cual labora ideas con la misma perfecta inconsciencia con que Jourdain hacía prosa. Harto más eficaz es la lectura de las obras de los grandes iniciadores científicos, tales como Galileo, Keplero,Newton Lavoisier, Geoffroi Saint-Hilarie, Faraday, Ampère, Cl. Bernard, Pasteur, Virchow, Liebig, etc, y sin embargo, es fuerza reconocer que si carecemos de una chispa cualquiera de la espléndida luz que brilló en tales inteligencias, y de un eco al menos de las nobles pasiones que impulsaron a caracteres tan elevados, la erudición nos convertirá en comentadores entusiastas o amenos, quizá en beneméritos divulgadores científicos, pero no creará en nosotros el espíritu de la investigación. Tampoco nos será de gran provecho, a la hora de investigar, el conocimiento de las leyes que rigen el desenvolvimiento de la Ciencia. Afirma Herbert Spencer que el progreso intelectual va de lo homogéneo a lo heterogéneo, y que, en virtud de la inestabilidad de lo homogéneo, y del principio de que cada causa produce más de un efecto, todo descubrimiento produce inmediatamente gran número de otros descubrimientos, pero si esta noción nos permite apreciar la marcha histórica de la Ciencia, no puede darnos la clave de sus revelaciones. Lo importante sería averiguar cómo cada sabio, en su peculiar dominio, ha logrado sacar lo heterogéneo de lo homogéneo, y por qué razón muchos hombres que se lo han propuesto no lo han conseguido. Apresurémonos pues a declarar que no hay recetas lógicas para hacer descubrimientos y menos todavía para convertir en afortunados experimentadores a personas desprovistas del arte discursivo natural a que antes aludíamos. Y en cuanto a los genios, sabido es que dificilmente se doblegan a las reglas escritas: prefieren hacerlas. Como dice Condorcet: “las medianías pueden educarse, pero los genios se educan por sí solos”. (Santiago Ramón y Cajal, Los tónicos de la voluntad)

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