Observación sobre las violetas

Antaño conocí yo a un italiano llamado Marco, con quien trabé cierta amistad porque sostenía una relación con una antigua novia mía. Este mozo tenía la rara costumbre de bañarse en la alberca ataviado con las bragas de mi exnovia, causando un profundo pesar a mi exsuegro, que le llamaba “el palangana ese“. El caso por el cual vengo a citar a este tipo es una confesión que me hizo un día, desesperado y casi llorando: había descubierto que las violetas del bosque (que a mí me agradan mucho y que son símbolo del amor), si se huelen por encima tienen una fragancia muy agradable, pero si se huelen a conciencia, estrujándolas un poco entre los dedos, huelen a mierda. Yo le consolé como pude y me retiré después, cavilando esta afirmación suya que nunca he comprobado empíricamente y que cito aquí porque este es su lugar natural. Un día volvió a Italia y de él no supe nada más.

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