Juventud, divino tesoro

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La juventud es un divino tesoro, poblado de ilusiones, primeros amores, poemas y ternuras, drogas duras y juergas infames en las que uno puede amanecer en cualquier lugar y en cualquier estado, generalmente penoso o lamentable. No es mi caso. Mi juventud fue sana a carta cabal, como atestigua el daguerrotipo superior, tomado cuando contaba 19 años. De izquierda a derecha, don Ramón Romero, un servidor (ataviado con un casco alemán), don Boti (a quien Dios tenga en su gloria), don Michel y don Cornelius Robur, uno de mis mejores amigos, del que ya he hablado aquí y del que seguiré hablando según convenga, porque he vivido con él grandes enormidades que vale la pena explicar, pero dosificando, para que no se produzcan lipotimias, como la que le dió a mi madre cuando le enseñé esta foto.

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