Apuntes de antropofagia (I)

(Dígase ante todo que el término “antropofagia” incluye el de ginecofagia). Al abordar este escabroso asunto, quiero dejar muy claro que la antropofagia que propongo no tiene nada que ver con el canibalismo, y cuando digo nada, es nada. Un espíritu ilustrado, culto y virtuoso, no puede ni debe andar comiendo a sus semejantes, ni en forma de civet amb ceps, ni en forma de asado argentino, ni de cassoulet de Tarascón (que es el mejor). Yo repruebo esto abiertamente. Frente a esta expresión de barbarie, penada por la ley, propongo una antropofagia quintaesencial y plausible, que puede procurar grandes sicalipsis a los paladares refinados. Para hacerme entender, pondré un ejemplo y hablaré del salmonete.
El salmonete se dice en catalán “Roger”, -que es nombre de persona-. A mi juicio, este es uno de los peces más sabrosos y cosmogónicos que existen, dada su costumbre, (avalada por la tradición popular), de comer marineros y otros hombres que pudieran haber fallecido ahogados en la océana mar. Así, cuando me pido un plato de salmonetes, me regodeo con la posibilidad de que puedan haber comido carne humana. De este modo doy una salida razonable a mi antropofilia, (pues todo lo fílico es fágico), al tiempo que me siento instrumento de la divina Némesis, al vengar a esos humildes marineros que vinieron a ser pasto del feraz salmonete, marineros que son, o eran, en definitiva, miembros de mi misma especie.

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