Le jambon pianologique

En otras ocasiones ya os he hablado de la comestibilidad de la belleza, pues bien, mi maestro de capilla, fiel siempre a mis observaciones, quiso agasajarme un día con una escenificación de mi máxima. Tras haber ingerido tres copas de vino de Burdeos (no más, porque el cánon epicúreo lo prohíbe) cogió de la oreja a su entonces secretario y lo situó junto a su piano de cola a fin de que se mantuviera atento para girar las páginas de una partitura de Bach. Edmundo tomó, para sorpresa de los presentes, una bandeja de jamón y la situó cuidadosamente en una mesita ubicada junto al piano. Sin encomendarse ni a Dios ni al diablo empezó a tocar con gran exquisitez, al tiempo que indicaba con gesto tiránico y desdeñoso a su secretario que girase las páginas. El mozo, con gran humildad, obedecía impasible a sus órdenes. Cuando los presentes nos hallábamos al borde de un paroxismo estético, Edmundo interrumpió bruscamente su concierto, se levantó en silencio, tomó un puñado de jamón, a manos llenas, se lo introdujo en la boca y prosiguió su concierto con las manos repletas de grasa y unas lenguas de jamón asomando por su boca. Debo decir que ese día no lo olvidaré jamás, porque nadie como Edmundo Valesano ha sabido, ni sabrá, devorar con tanta maestría la música de Bach.

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