Juan del Oso

VERTICALIDAD DE LA MÚSICA (Kapellmeister Edmond)

Tengo en mi abigarrado museo –que es mi morada familiar- un monacordio (clavicordio para los menos avezados) que me tiene entretenido. Se llama Clavileño. Es mi baiser d’amour particulier. No queráis saber cómo nos amamos él y yo. Lo encuerdo puntualísimamente, lo afino cada vez que una nota me tose un poco. Todo tipo de desvelos. Por fin parece que le he encontrado un sitio de honor, libre de geopatías, que recoja y amplifique convenientemente su discreta, noble, viril sonoridad.

Pues bien. Le quiero dar una sorpresa como regalo de cumpleaños (me cumple dos añitos el siete de agosto). Veréis, para hacer el amor con mi Clavi he de abrir su tapa rectangular, que queda en posición verticaloide, de manera que se puede leer su nombre flanqueado por el pronombre ego: EGO CLAVILEGNUS EGO. En letras de oro. Esto yo lo encuentro desangelado, desnudo de cosmogonía, y parece que el instrumento lo acusa en forma de esporádicas depresiones, que incluso pueden llegar a afectar a nuestra relación de pareja. Como yo soy un músico esencialmente vertical -es decir, fanático- quiero que en su tapa se refleje el orgullo de una verticalidad soberbia, monacórdica, del sumo heroísmo musical. Quiero una policromía renacentista, de un preciosismo apabullante. Curativo. Y para ello necesito a un pintor de la verticalidad. Nuestro amado dogo valensis me ha hablado de una pintora de almas…

Fue hace una semana, durante una noche de febril estudio. De repente me sentí gravemente indispuesto. Sentí como si viniera del cielo abierto una luz ígnea que se derramó como una llama en todo mi cerebro, en todo mi corazón y en todo mi pecho. No ardía, sólo era caliente, del mismo modo que calienta el sol todo aquello sobre lo que pone sus rayos. Y de pronto tuve una visión, muy detallada. Era yo en atavío úrsico. Me ato sólidamente una soga bajo mis brazos. Bajo al fondo de un pozo. El agujero se hunde verticalmente en la tierra; no percibo el fondo. Las paredes son viscosas y algunos murciélagos huyen sigilosamente en la oscuridad. El descenso dura tres días plenos, eternos.

Al cabo del tercer día, con un báculo de cuarenta quintales tiento el fondo de la tierra. Me libero de mi soga. Doy algunos pasos en la inmensa caverna donde acabo de llegar.

Una gran pila de huesos cubre el suelo.

Camino en medio de los cráneos.

Entro en un castillo en medio de la gruta. Camino, pero mis pasos ya no resuenan.

Arrojo mi cayado de cuarenta quintales en el suelo de mármol; el ruido es de pluma de pájaro que cae en la nieve.

Enseguida comprendo que este castillo es la morada donde los sonidos no pueden nacer.

Alzo la mirada hacia un gato gigantesco tallado en calcita, en vidrio luminoso, en cristal. En la frente del gato inmenso un carbunclo resplandece en la oscuridad. Por doquier hay árboles cargados de manzanas de oro que rodean una fontana muda: el agua brota y cae sin que nada se escuche.

Sentada al borde de la fontana, una joven, bella como la aurora, peina su cabellera con un creciente de luna.

Me aproximo, pero ella no me ve. Los ojos de la joven maravillosa siguen irresistiblemente clavados en los fuegos del carbunclo que hechiza el lugar.

Quiero hablarle: planteo mi pregunta. Pero mi pregunta no resuena.

La mujer está embrujada –pienso- y voy a enloquecer en este silencio de muerte”.

Entonces alzo mi cayado de cuarenta quintales, lo blando y asesto un fuerte golpe en la cabeza del gran gato de cristal. Todas las estalactitas se quiebran y emiten el canto más bello del mundo. La fontana murmura. Las losas resuenan. Las hojas susurran en los ramajes de los árboles. Las voces hablan.

Es el monocordio universal.

Es la verticalidad de la música.

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Esta entrada fue publicada en Musurgia.

3 comentarios el “Juan del Oso

  1. Ateneo dice:

    Hermosa descripción vitriólica del viaje que tan sólo un rey poderoso podría realizar.

    Admiro tal verticalidad y por supuesto el monocordio, el uno, que la posee, acoge e interpreta, cual medidador entre la tierra y el cielo.

    Un abrazo.

  2. Ateneo dice:

    Por cierto, creo recordar que Juan del Oso tenía su cayado de un quintal y vos lo habéis subido a cuarenta, cosa que me sobrecoge y aún ando dando tumbos de abajo hacia arriba y luego de arriba de nuevo hacia abajo.

  3. kapellmeister dice:

    Reconozco que cuarenta quintales pesan lo suyo. A mí me lo dirás. Son aplastantes. Pero es que a algunos se nos ha concedido poder sentir esa fuerza descomunal en nuestros trances visionarios. Tocar el monocordio universal no se puede con un cayadito de un quintal. Yo sé perfectamete que con esto no le habría hecho ni cosquillas. Por eso hubo que sacar el cayado de gala.

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