La sandía de los filósofos

Tiempo ha, tuve ocasión de conocer a un alquimista que, en su infatigable búsqueda de la Materia Primera, leyó en un viejo tratado que esta sustancia, como si de un animal quimérico se tratara, poseía una piel verde, sangre roja y mil ojos negros. Por supuesto, se trataba de una metáfora de las que abundan en este tipo de libros. Pero nuestro hombre, tras mucho pensar y devanarse los siesos en descifrar qué materia podía reunir estas características, llegó a la conclusión de que sólo podía tratarse de la sandía.

Como es natural, sus compañeros de estudios alquímicos, empantanados como estaban en sus cinabrios, sus galenas, antimonios y demás tierras raras, no le concedieron el menor crédito y se burlaron de él. Pero él siguió investigando de qué manera podía transformar su cucúrbitacea en oro y se entregó a profundas especulaciones y experimentos al respecto.

Al final no encontró la piedra filosofal, pero descubrió una cepa nueva de penicilina, que unos laboratorios farmacéuticos le compraron a muy buen precio. Él se puso muy contento e hizo bueno el dicho de que “a buen final no hay mal principio“. Ahora él es rico, sus compañeros de alquimia siguen siendo pobres y yo, por mi parte, me limité a tomar nota del hecho como una curiosidad que he expuesto aquí con toda la buena fe del mundo.

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