El síndrome de Stendhal

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(Museo de Delfos. ¡No es tan inocente como parece!)

Yo padezco el Síndrome de Stendhal y no me avergüenzo de ello, es más, creo que es una de esas enfermedades necesarias si se quiere estar perfectamente sano. De hecho, ya nací con cierta propensión  a este mal, pero cuando fui a Grecia recibí la iniciación en forma de dos crisis apocalípticas, concretamente en Delfos y en el museo de Olimpia. No me desmayé porque Dios no quiso, pero estuve bien a punto. La culpa fue de esas estatuas colosales, talladas según unos patrones antropomórficos tan exactos, con unas proporciones tan imposibles, de una idealidad tan inhumana, que indefectiblemente nos conducen a un delirio pánico inexpresable.

Tuve la impresión de que esas figuras con carne de mármol me absorberían el alma, de que abandonarían sus peanas para comerme, de que me empezarían a hablar en griego, mirándome con sus ojos vacíos y riéndose de mí como si yo fuera un hombre accidental… parecióme que las estatuas adquirían mi movilidad mientras yo iba quedando marmolizado… Quedé sumido en un profundo timor et tremor estético como no lo he vuelto a sentir. Pero lo volveré a intentar en otra próxima ocasión y tomaré unas notas subjetivas que, por su interés evidente, insertaré en esta página.

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2 comentarios el “El síndrome de Stendhal

  1. richeutz dice:

    No me atrevería yo a decir que padezco el tal sindrome, no obstante no puedo evitar que se me haga un nudo en la garganta cada vez que tengo la oportunidad de exponerme a algo bello, especialmente ante los discursos poderosos. Tanto si los estoy escuchando como si los estoy generando, paso invariablemente por un estado similar al vértigo que, de algún modo, me impulsa a la huída, y que sólo tras un esfuerzo no menor consigo sobrepasar para, por fín, poder gozar libremente de la belleza. Por lo que he podido concluir comentando el hecho con algunos amigos, suele ser bastante común entre los espíritus creativos, aunque para mi sorpresa pocos de ellos lo habían constatado con anterioridad a mi comentario.

  2. Santiago Jubany dice:

    Yo sí que me atreveré a decirlo: padecéis el síndrome, no de una forma muy acusada, pero todo se andará, porque este impulso a la huída que relatáis no deja de ser un afán evitativo que, por fortuna, podéis vencer con entereza de espíritu, pero ¿hasta cuándo? La belleza nos busca, nos persigue y tarde o temprano nos acorrala para mostrarnos toda su numinosa magnitude. Ya me lo sabréis decir!

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