Comentario a Éxodo, 33, 20

Nuria García Amat (Richeutz)
 
No podrás ver Mi rostro, porque nadie que Me vea quedará vivo
(Ex. 33, 20)

Ocultando Su rostro el Eterno da muestras a sus criaturas de su infinita bondad. Siendo el pastor fiel el elegido para dar noticia de Sus designios, no obstante no le fue concedida la gracia de poder ver: no podrás ver Mi rostro, pues siendo su rostro la fuente de la luz infinita habría sido cegado por el poder de su luz y no habría podido inteligir los mandatos divinos.

Así es, al impedir la visión de Su rostro evitó su ceguera: aquél que quiera ver la luz del sol no deberá dirigir su mirada hacia el astro, sino que deberá bajar su cabeza y regocijarse en la observación de lo que es iluminado por él. En la Obra del Principio dijo Dios que la Luz fuera, y la Luz fue, y la separó de las tinieblas, pero esta Luz primordial, por Su inmensa bondad, no fue elegida por el Eterno para iluminar la Tierra, que estaba poblada por sus criaturas, sino que creó los luminares a modo de velos que filtrasen Su luz.

Está escrito: Haya luminares en el cielo para separar el día de la noche, es decir, la luz de las tinieblas, y serán lumbreras en la expansión del cielo para dar luz a la tierra, pues siendo la Luz del Eterno una Luz infinita no podía ser recibida por las criaturas finitas sin destruirlas, por eso dice la Escritura: porque nadie que me vea quedará vivo, es por ello que la creación de los luminares es un acto de suprema bondad con respecto a sus criaturas. Por eso al adorar al Eterno nos prosternamos ante Él, a fin de evitar la visión de su rostro; al inclinarnos para adorarle damos muestras de nuestro temor ante Él al tiempo que le demandamos nuestra parte, pues temer y querer son una y la misma cosa. Con la luz mediada de su rostro, que no es sino la muestra de su ira, distribuye justicia en el mundo.

La palabra panim (rostro) significa también ira, por lo que ocultando su rostro retiene su ira. Mas la ira del Eterno no es sino impulso de justicia eterna. La justicia del Eterno es la Luz de su rostro, y distribuye justicia aplacando constantemente su ira a fin de hacer el bien sobre sus criaturas y no destruirlas. Está escrito: Porque Él es un fuego devorador (Deut. 4, 24), y aquél que vea su rostro, aquél que mire con sus ojos la fuente de la luz eterna, aquél que en su finitud reciba la luz infinita, será devorado y aniquilado, y este acto de aniquilación no será sino un acto necesario de justicia. El Eterno sostiene el mundo con la luz de su fuego, es decir, con la ira divina, que no es sino mediación de la luz eterna de su rostro, y esta luz es mediada por acción de su eterna clemencia, el agua divina que apacigua Su fuego: su izquierda es luz dulcificada y su derecha es dulzura de nuestro sustento. Mas está escrito: Él no retendrá su ira para siempre, que es lo mismo que decir: “Él no ocultará su rostro para siempre”.

En el día de la redención, Su fuego no necesitará ser dulcificado para ser recibido por sus criaturas, pues en ese día sus criaturas serán como el oro acrisolado que no es consumido por el fuego. Desprovistas de todas sus iniquidades, las criaturas del Eterno podrán contemplar ojo con ojo Su rostro sin ser aniquiladas. Está escrito: Mis iniquidades me han abatido, de modo que no puedo mirar hacia arriba (Sal.40, 13), refiriéndose al hombre caído, y: Yo he visto a Dios cara a cara y mi vida ha quedado a salvo (Gen. 32, 30), refiriéndose al hombre regenerado por el poder purificador del fuego. Por eso dice el profeta: ¡Ay de mí, estoy perdido! Pues soy hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios impuros, y no obstante he visto al Rey, al Eterno de los Ejércitos! Entonces voló hacia mí uno de los serafines con un carbón encendido en la mano que había tomado con las pinzas del altar, y tocó mi boca con él y dijo: “He aquí que esto ha tocado tus labios, y tu iniquidad te ha sido quitada, y tu pecado ha sido expiado” (Is. 6, 5 ss.).

En verdad el fuego sostiene, aniquila y purifica. Estos son los tres poderes del fuego, las tres acciones de la Luz divina sobre sus criaturas: por el flujo de la Luz de Su rostro dulcificada o mediada por el agua de la clemencia, Su fuego sostiene; la llama de Su fuego incidiendo sobre la sustancia impura destruye y consume; el calor de Su fuego penetrando en la sustancia abatida revitaliza y conforma. Éste es el secreto de la destrucción de los jeteos, de los guergueseos, de los amorreos, de los cananeos, de los perezeos, de los heveos y de los jebuseos (Deut. 7, 1), pues eran pueblos que aborrecían al Eterno y que debían ser arrancados para que la tierra fuese presta a recibir la semilla santa. Estos siete pueblos son llamados también de otras maneras en las Escrituras, pues no son sino las impurezas de la tierra: son las siete cuerdas que podrían haber oprimido a Sansón, o las siete trenzas de su cabeza (cf. Jue. 16, 7 ss.), y es también por esto que el hijo que parió Rut fue considerado mejor que siete hijos (cf. Rut 4, 15). Éste es también el secreto de la humildad de Moisés, nuestro padre, que fue privado de ver Su rostro a fin de recibir de Él la luz dulcificada que sostiene, por eso el Eterno lo cubrió con su mano derecha, pues en su mano derecha encierra su eterna clemencia; y siendo Moisés un hombre santo, no obstante no estaba en su naturaleza la posibilidad de ver Su rostro, pues Moisés no era semilla hábil para tierra santa, pues por su culpa le fue privado entrar en tierra prometida, y está dicho: Yo usaré de misericordia con quien quisiere y haré gracia a quien me plugiere. Y a pesar de ser privado de ver Su rostro, la Luz divina le fue por entero comunicada como mensajero, por eso resplandecía de luz su faz cuando bajaba del Sinaí, aunque él no lo sabía (cf. Ex. 34, 29), y por eso cubría su rostro con un velo cuando hablaba con los hijos de Israel, pues le fue comunicado el Fuego devorador sin poder contenerlo: aquí radica, decimos, el secreto de la humildad de Moisés, pues recibió sin saberlo más de lo que su naturaleza podía contener. Y éste es también el secreto de la misericordia de Jacob, pues en su lucha a muerte con el fuego devorador salió victorioso y fue transformado y purificado, y fue llamado desde entonces Israel (el que luchó con Dios), y llamó a aquel lugar Peniel (el rostro o la ira de Dios). Y es también el secreto del profeta, que sin luchar, por la sola voluntad divina, fue purificado de sus iniquidades por el fuego, pues estaba en la naturaleza de ambos ser convertidos en el oro que no es consumido por el fuego, como sucedió también con Job, por eso dijo: voy a la izquierda, dónde Él trabaja, es decir, de donde procede Su fuego, pero no puedo percibirle, y a la derecha, pero tampoco puedo verle. Pero cuando Él me ponga a prueba saldré puro a sus ojos, es decir, por la prueba de la Luz de Su llama, como el oro. (Job, 23, 10).

Roguemos e inclinémonos ante Él, para que el Eterno nos conceda la gracia de poder ver Su rostro, pues ello será muestra de que hemos sido purificados por el fuego y de que hemos alcanzado la naturaleza del oro. Amén.

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