La mesa de cosmogonizar

La mesa de cosmogonizar es importante porque, en sí misma, ya es un universo perfectamente cosmogónico. Ha de ser rectangular y de madera, sin duda. Sugiero que haya cartas celestes, partituras, lápices, papeles, un cráneo, la “Filosofía oculta” de Cornelio Agrippa, entre otros libros muy graves, una caja con objetos heteróclitos y fascinantes, una bella caja china para guardar plumas y lápices, papel de buena factura, unas antiparras, un transportador de ángulos, higrometro y termómetro, una redomita con rocío puro, escuadras, cartabones, una tabla de logaritmos, unas efemérides astronómicas, el calendari del pagés y un diapasón, entre otras posibilidades.

Que la mesa sea de preferencia antigua y en sus cajones se guarden otros diversos artefactos o anotaciones ad libitum. El conjunto ha de poseer un bello desorden, como corresponde.

De entre todos los inventos útiles al común, nadie me cuestionará que la mesa es de los más preeminentes, casi tanto como la rueda y sin embargo, nadie le presta el más mínimo interés. Yo sí.

Más adelante hablaremos de otros efectos necesarios, como la silla, el escabel o el perro-estufa.

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