Baudelaire. Mi corazón al desnudo

Mis opiniones acerca del teatro. Lo que siempre me ha parecido más bello en un teatro, desde mi niñez, y aun ahora, es la araña luminosa: un bello objeto, cristalino, complicado, circular y simétrico.
Sin embargo, no niego, en absoluto, el valor de la literatura dramática. Sólo que quisiera que los comediantes estuvieran montados sobre patines muy altos, llevaran máscaras más expresivas que el rostro humano y hablasen a través de altavoces; por último, que los papeles de las mujeres fuesen representados por hombres.
Al fin y al cabo, la araña me ha parecido siempre el actor principal, vista a través del extremo grande o del extremo pequeño de los gemelos de teatro.
Me aburro en Francia, sobre todo porque allí todo el mundo se parece a Voltaire.

Emerson olvidó a Voltaire en sus Representantes de la humanidad. Habría podido escribir un bonito capítulo titulado: “Voltaire o el antipoeta”, el rey de los mirones, el príncipe de los superficiales, el antiartista, el predicador de las conserjes, el tío Gigogne de los redactores de Le Siècle.
En Las orejas del conde de Ches-terfield, Voltaire hace bromas sobre el alma inmortal que residió durante nueve meses entre excrementos y orines. Voltaire, como todos los perezosos, detestaba el misterio.
Del amor, de la predilección de los franceses por las metáforas militares. Aquí toda metáfora lleva bigotes.
Literatura militante.
Seguir en la brecha.
Mantener en alto la bandera.
Sostener la bandera alta y firme.
Lanzarse a la pelea.
Uno de los veteranos.
Todas esas gloriosas fraseologías se aplican generalmente a patanes y a haraganes de cafetín.

Metáforas francesas
Soldado de la prensa judiciaria (Bertin).
La prensa militante.
Añadir a las metáforas militares:
Los poetas de combate.
Las literaturas de vanguardia.
Estas costumbres de las metáforas militares denotan espíritus no militantes, sino hechos para la disciplina, es decir, para la conformidad; espíritus nacidos domésticos, espíritus belgas que no pueden pensar más que en sociedad.
Desconfiemos del pueblo, del sentido común, del corazón, de la inspiración y de la evidencia.

El día en que el joven escritor corrige sus primeras pruebas, está tan orgulloso como un escolar que acaba de ganarse su primera viruela.
¿Por qué es el espectáculo del mar tan infinita, tan eternamente agradable?
Porque el mar ofrece, a la vez, la idea de la inmensidad y del movimiento. Seis o siete leguas representan para el hombre el límite del infinito. He aquí un infinito en diminutivo. ¿Qué importa si basta para sugerir la idea del infinito total? Doce o catorce leguas (en diámetro), doce o catorce de líquido en movimiento bastan para darnos la más alta idea de belleza que se ofrezca al hombre en su habitáculo transitorio.
Lo único interesante en la Tierra son las religiones.
¿Qué es la religión universal? (Chateaubriand, de Maistre, los alejandrinos, Capé.)
Hay una religión universal, hecha para los alquimistas del pensamiento, una religión que se desprende del hombre, considerado como memento divino.
Yo pondría la ortografía bajo la mano del verdugo (Th. Gautier).
Un bello cuadro por pintar: La canalla literaria.
Estudiar en todos sus modos, en las obras de la naturaleza y en las obras del hombre, la universal y eterna ley de la gradación, del poco a poco, del poquito a poquito, con fuerzas cada vez más crecientes, como los intereses compuestos, en materia de finanzas.
Lo mismo ocurre en la habilidad artística y literaria; lo mismo ocurre en el tesoro variable de la voluntad.
La chusma de los pequeños literatos, a los que vemos en los entierros distribuyendo apretones de mano y recomendándose a la memoria del hacedor de crónicas.
Del entierro de los hombres célebres.
Molière. Mi opinión sobre Tartufo es que no es una comedia sino un panfleto. Un ateo, si es sencillamente un hombre bien educado, pensará, a propósito de esta pieza, que nunca hay que dejar ciertas cuestiones graves en manos de la canalla.
Glorificar el culto de las imágenes (mi grande, mi única, mi primitiva pasión).
Glorificar el vagabundeo y lo que se puede llamar el bohemianismo, el culto de la sensación multiplicada que se experimenta por la música. Remitirse a Liszt.
La música da la idea del espacio.
El resto de las artes, más o menos: ya que son número y que el número es una traducción del espacio.
Siendo muy pequeño, sentí en mi corazón dos sentimientos contradictorios: el horror de la vida y el éxtasis de la vida.
Eso me pasa por ser un perezoso nervioso.
Las naciones sólo a su pesar tienen grandes hombres.
El hombre de ingenio, el que nunca se llevará bien con nadie, debe afanarse a gustar de la conversación de los imbéciles y a la lectura de libros malos. De allí obtendrá goces amargos que compensarán con creces su esfuerzo.
Toda idea está, por sí misma, dotada de una vida inmortal, como una persona.
Toda forma creada, así sea por el hombre, es inmortal. Pues la forma es independiente de la materia y no son las moléculas las que constituyen esa forma.
Es imposible hojear una gaceta cualquiera, de cualquier día, o cualquier mes o cualquier año, sin encontrar en cada renglón las señales de la más espantosa perversidad humana, al mismo tiempo que las más sorprendentes jactancias de probidad, de bondad, de caridad, y las afirmaciones más desvergonzadas relativas al progreso y a la civilización.
Todo periódico, de la primera línea a la última, no es más que un tejido de horrores. Guerras, crímenes, robos, impudicias, torturas, crímenes de los príncipes, crímenes de las naciones, crímenes de los particulares, una embriaguez de atrocidad universal.
Y con ese repugnante aperitivo el hombre civilizado acompaña su desayuno de cada mañana. Todo, en este mundo, transpira crimen: el periódico, la muralla y el rostro del hombre.
No comprendo cómo una mano pura puede tocar un periódico sin una convulsión de asco.
De la infamia de la imprenta, gran obstáculo al desarrollo de lo bello.
Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian sin cesar las palabras inmoralidad, moralidad en el arte y otras estupideces, me hacen pensar en Louise Villedieu, puta de a cinco francos que, acompañándome una vez al Louvre, adonde ella nunca había ido, empezó a ruborizarse, a cubrirse el rostro y a tirarme a cada momento de la manga, preguntándome, ante las estatuas y los cuadros inmortales, cómo se podían exhibir públicamente tales indecencias.
Sueño desde hace dos años en un gran libro, Mi corazón al desnudo, donde acumularé todas mis cóleras. ¡Ah, si algún día éste ve la luz, las Confesiones de Rousseau parecerán pálidas!

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