Una vez más, esos aprendices de Cronocrátor, esa banda de tunantes, han perpetrado el más grotesco y anticosmogónico de los rituales, como es burocratizar el tiempo natural obligando a la población a adelantar o atrasar una hora los relojes. Este ritual es de una idiotez tal que nuestros descendientes no lo creerán. Por lo visto (argumentan ellos), de esta forma ahorramos una energía de gran interés para la economía y aunque esto sea una desgracia para los ritmos circadianos y biológicos de las personas, el asunto merece la pena y justifica de sobras el universal incomodo.
Son unos tibios y unos mediocres: si quieren ahorrar de verdad, que dicten una ley fotomarcial, por la cual las centrales electricas queden obligadas a interrumpir el suministro energético cuando el Sol se ponga, restableciéndolo cuando amanezca. En cuanto a la población, que vuelva a las velas y al quinqué. Para salidas nocturnas, que la gente utilice teas de brea. Además, así evitaremos la contaminación lumínica que tanto nos molesta a los astrónomos. Y otra: ¿por qué una sóla hora? No hombre, no, puestos a hacer las cosas mal, hagámoslas bien. Propongo que dos veces al año se adelanten (o atrasen) 4 horas las manecillas del reloj, de manera que el ahorro sea más ostensible aún.
(Probos ciudadanos volviendo a casa después de una boda que se alargó hasta la madrugada)